


4 Mayo 2008
Por fin nos alejamos de Baena, casi con una sonrisa en el rostro, y vamos hacia Córdoba.
Esa ciudad blanca y mágica, guardada por el Guadalquivir que envuelve el torbellino de sus calles, y de los patios que no se ven pero están, recuperando el sonido del amanecer sobre las flores de Mayo.
La música nos persigue a cada paso fundiendo el olor a jazmín y hierbabuena para proteger como capa al torero, como pasión a la danza, como orgullo a la raza.
La próxima vez que nazca quiero hacerlo en Córdoba, para no echarla de menos, para hablar con la rotundidad de su acento, y la lógica fuerza de su argumento.
Y caminar bajo las estrellas de un cielo claro y sereno, y recorrer los muros que encierran la Mezquita y entrar en el patio de los naranjos, aislando el mundo exterior de aquel que se descubre siempre por primera vez, como en los ojos de un niño.
Y tu alma traspasa la puerta para dejarse aplastar por la historia, que pesa tanto sobre tus hombros, que casi duele, la increíble fuerza multicolor de los arcos, de tantos arcos sometidos a siglos de dudas, de amores, de odios, de intrigas, de esperanzas, de duelos, de muerte y de vida.
La solemnidad de sus columnas, la profundidad de la arcilla y el ocre, la blancura de la cal, avanzar sin poder retirar la mirada del techo, y a cada paso una lágrima resbala al imaginar como pudo ser al ver lo que es ahora, llena de extraños caminando hacia la zona mas pura, mas árabe, mas auténtica, en silencio, que ni las palabras salen de tu boca.
Solo puedes recibir la sensación de la alegría, del amor, del cuidado, que tuvieron aquellas almas al dibujar, al trazar, al modelar, al pulir, al incrustar, al imaginar, y al contemplar su obra. El color intenso del mar en la bóveda que guarda el mihrab, las estrellas brillando en cada esquina, para poder leer el firmamento, la música se escucha, o ... ¿es tu corazón?.
Y no puedes evitar pensar que esa belleza no ha podido nacer del odio, ni de la intolerancia, solo puede crearse esa ilusión si el alma del artista no tiene nada más para entregar que amor, pasión, dulzura y paciencia.
Cada vez que la visito dejo lágrimas de alegría, no hay nada en el mundo de igual belleza y profundidad, que yo hasta ahora haya visto.
Las sensaciones que tengo allí no pueden explicarse con palabras, ni siquiera con música, es mucho mas profundo que una poesía y mas amable que una canción. Es, simplemente magia.
Y de nuevo, como cada vez que voy, Córdoba me arranca del fondo del alma la promesa de volver.
Hasta pronto Córdoba.
Marta
Por fin nos alejamos de Baena, casi con una sonrisa en el rostro, y vamos hacia Córdoba.
Esa ciudad blanca y mágica, guardada por el Guadalquivir que envuelve el torbellino de sus calles, y de los patios que no se ven pero están, recuperando el sonido del amanecer sobre las flores de Mayo.
La música nos persigue a cada paso fundiendo el olor a jazmín y hierbabuena para proteger como capa al torero, como pasión a la danza, como orgullo a la raza.
La próxima vez que nazca quiero hacerlo en Córdoba, para no echarla de menos, para hablar con la rotundidad de su acento, y la lógica fuerza de su argumento.
Y caminar bajo las estrellas de un cielo claro y sereno, y recorrer los muros que encierran la Mezquita y entrar en el patio de los naranjos, aislando el mundo exterior de aquel que se descubre siempre por primera vez, como en los ojos de un niño.
Y tu alma traspasa la puerta para dejarse aplastar por la historia, que pesa tanto sobre tus hombros, que casi duele, la increíble fuerza multicolor de los arcos, de tantos arcos sometidos a siglos de dudas, de amores, de odios, de intrigas, de esperanzas, de duelos, de muerte y de vida.
La solemnidad de sus columnas, la profundidad de la arcilla y el ocre, la blancura de la cal, avanzar sin poder retirar la mirada del techo, y a cada paso una lágrima resbala al imaginar como pudo ser al ver lo que es ahora, llena de extraños caminando hacia la zona mas pura, mas árabe, mas auténtica, en silencio, que ni las palabras salen de tu boca.
Solo puedes recibir la sensación de la alegría, del amor, del cuidado, que tuvieron aquellas almas al dibujar, al trazar, al modelar, al pulir, al incrustar, al imaginar, y al contemplar su obra. El color intenso del mar en la bóveda que guarda el mihrab, las estrellas brillando en cada esquina, para poder leer el firmamento, la música se escucha, o ... ¿es tu corazón?.
Y no puedes evitar pensar que esa belleza no ha podido nacer del odio, ni de la intolerancia, solo puede crearse esa ilusión si el alma del artista no tiene nada más para entregar que amor, pasión, dulzura y paciencia.
Cada vez que la visito dejo lágrimas de alegría, no hay nada en el mundo de igual belleza y profundidad, que yo hasta ahora haya visto.
Las sensaciones que tengo allí no pueden explicarse con palabras, ni siquiera con música, es mucho mas profundo que una poesía y mas amable que una canción. Es, simplemente magia.
Y de nuevo, como cada vez que voy, Córdoba me arranca del fondo del alma la promesa de volver.
Hasta pronto Córdoba.
Marta
1 comentario:
¡¡¡¡ Ole, ole y ole !!!!!!!!. Que viva la poesia y el rebujito.
Lo que empezó como un calvario, acabó como un jardín de flores.
;-)
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