viernes, 16 de mayo de 2008

Un puente al legado mozárabe.


































2 de Mayo de 2008

El aceite de la vida, de la sonrisa, una almazara franqueada con flores que dirigen la mirada arriba evitando el suelo, un patio donde puedes escuchar el trote de los caballos tirando de carros llenos de aceitunas, mozos y mozas a buen ritmo, ellos con pañuelo en la cabeza para huir del sol y con gran cinturón al estilo de la tierra, ellas balanceando su vestido al ritmo de las caderas, con la mano descansando en ellas, recuerdo de olivos, jornada de sol a sol, les espera un rebujito.

Dentro, las tinajas a medio enterrar donde antes olía a aceite, hoy reliquia casi arqueológica, un molino con tres grandes piedras triangulares que habrán aplastado millones de kilos de sudor y sangre y un brillante sistema de filtrado que recoge la rosa del aceite, tesoro del lugar y pan de generaciones. A su lado una secuencia muy ingeniosa de capas de esparto recogen y exprimen de nuevo el suave líquido de la vida para poder embotellarlo después, toda la familia tiene su cometido y el abuelo le cuenta al nieto quien observa el proceso para que al pasar de los años él pueda mostrarlo al suyo y no se pierda el arte de exprimir la vida de un árbol de aspecto seco, sin ganas de beber ni de crecer,

Salimos con una sensación de paz, con ganas de caminar entre esos olivos, de sentir el sonido de la primavera en la cara, de compartir conversación con los compañeros de viaje….esa etapa del Camino estuvo muy agradable, sobró la última hora, claro por el calor, quizás hubiera sido toda una experiencia caminar bajo una suave lluvia, contemplar la hoja del olivo chorreando agua, brillante, deseosa de mas y mas….

Y así, llegamos a Castro del Río, después de reponer fuerzas en un bar a cargo de asustado vejete sin una sola aceituna que ofrecer con la cerveza, y sin jabón en el baño, tuvimos tiempo antes de comer para perdernos por sus rincones, buscar las flores de los patios, porque eran los patios y las cruces de Córdoba, era ese tiempo y ese lugar, y buscamos, cuesta arriba, un patio, encontramos una cruz y una señora nos enseño su patio, no había flores pero si un patio, al menos era un patio. Es que era tiempo de patios y cruces, …. no sé si lo había comentado…

El mejor sabor del día nos esperaba en una antigua almazara donde comimos, el aceite, único, mágico, solo de aceite vive el hombre, la mujer necesita pan , y ambos forman el mayor placer que sentí en todo el viaje, bueno, no cuenta el de la ducha diaria, que superar eso es casi imposible, que aceite, santa madonna de los olimpos ancestrales, y profundo océanos, ….!que aceite!.

Pensando, murmurando, comentando y riendo acerca de esa comida, menos mal, así no hablamos de la ducha, ponemos rumbo a Montilla, donde nos espera un tonelero haciendo horas extras, curiosa forma de dar forma a tan antinatural forma de tornear la madera, es una forma mas de tener en forma el vino tomando forma dentro de un tonel, educado a base de calentar y apretar y volver a calentar y convencer por la fuerza, lentamente, hasta conseguir domarlo para siempre, no me gusta mucho ese proceso si lo pienso, pero he de reconocer que en el caso de los toneles, es efectivo.

A través de los años, la madera olvida su origen y se acostumbra al olor de la fermentación que ocurre en sus entrañas, al oscuro olvido de una bodega donde el sonido del vino bien hecho, lento, seco , muy seco, resuena abriéndose paso entre telas de araña, viejas farolas y resquicios en los muros que albergan tantas conversaciones prohibidas, tanto besos ocultos, tanta pasión adornada de olores a vino y aceite.

Marta

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